principio de su enfermedad, y ahora lo llevaba simplemente peinado con sus rizos naturales sobre las sienes y el cuello. Su aspecto había cambiado, como le había dicho a Heathcliff; pero cuando estaba tranquila, aquel cambio parecía poseer una belleza sobrenatural. El brillo de sus ojos había dado paso a una suavidad soñadora y melancólica; ya no daban la impresión de mirar los objetos que la rodeaban: parecía que siempre miraban más allá, mucho más allá—se diría que fuera de este mundo. Luego, la palidez de su rostro—habiendo desaparecido su aspecto demacrado al recuperar carnes— y la expresión peculiar derivada de su estado mental, aunque sugerían dolorosamente sus causas, aumentaban el conmovedor interés que despertaba; y—invariablemente para mí, lo sé, y para cualquier persona que la viera, me atrevo a pensar—refutaban las pruebas más tangibles de convalecencia y la marcaban como alguien condenado a marchitarse.
Un libro yacía abierto en el alféizar ante ella, y el viento apenas perceptible agitaba sus hojas a intervalos. Creo que Linton lo había puesto allí: pues ella jamás intentaba distraerse leyendo, ni con ocupación de ningún género, y él pasaba muchas horas tratando de atraer su atención hacia algún tema que antes había sido su diversión.
Ella era consciente de su propósito y, en sus mejores momentos, soportaba sus esfuerzos plácidamente, mostrando su inutilidad solo al reprimir de vez en cuando un suspiro de cansancio y deteniéndolo al fin con la más triste de las sonrisas y los besos.
En otras ocasiones, se apartaba con petulancia y se ocultaba el rostro entre las manos, o incluso lo apartaba con enojo; y entonces él se cuidaba de dejarla en paz, porque tenía la certeza de que no conseguiría nada bueno.
Las campanas de la capilla de Gimmerton todavía estaban repicando; y el caudal lleno y melodioso del arroyo en el valle llegaba con efecto calmante al oído.