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nydus/Wuthering HeightsPublic
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VIII

Se dejó caer de rodillas junto a una silla y se puso a llorar con desconsuelo.

Edgar mantuvo firme su resolución hasta el patio; allí se detuvo.

Yo me propuse animarlo.

—La señorita es terriblemente caprichosa, señor —le grité—. Tan mala como cualquier niño malcriado; más le valdría volver a caballo a casa, o si no se pondrá enferma, solo para afligirnos.

La cosa blanda miró de soslayo a través de la ventana: poseía la facultad de marcharse tanto como un gato posee la facultad de dejar un ratón medio muerto, o un pájaro medio comido.

¡Ah, pensé, no habrá salvación para él: está perdido y vuela hacia su destino!

Y así fue: dio media vuelta de repente, se apresuró a entrar de nuevo en la casa, cerró la puerta tras de sí; y cuando entré un rato después para avisarles de que Earnshaw había vuelto borracho perdido, dispuesto a derrumbar la casa sobre nuestras cabezas (su estado de ánimo habitual en esa condición), vi que la pelea meramente había propiciado una mayor intimidad —había derribado las murallas exteriores de la timidez juvenil y les había permitido abandonar el disfraz de la amistad y confesarse amantes.

La noticia de la llegada del señor Hindley impulsó a Linton a montar rápidamente en su caballo, y a Catherine a retirarse a su aposento.

Fui a esconder al pequeño Hareton y a quitarle la munición a la escopeta de caza del amo, con la que le gustaba jugar en su demencial arrebato, poniendo en peligro la vida de cualquiera que lo provocara o incluso llamara demasiado su atención; y se me había ocurrido el plan de retirarla para que hiciera menos daño si llegaba al extremo de disparar el arma.

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