consciente de sentirse insultado y no sabía cómo vengarse.
El señor Heathcliff, que había oído la conversación tanto como yo, sonrió al verle marchar; pero inmediatamente después dirigió una mirada de singular aversión a la frívola parejita que seguía charlando en el umbral: el muchacho, encontrando suficiente animación al debatir los defectos y carencias de Hareton, y al relatar anécdotas de sus andanzas; y la chica, deleitándose con sus ocurrencias impertinentes y rencorosas, sin pararse a pensar en la inquina que revelaban. Comencé a sentir más antipatía que compasión por Linton, y a disculpar en cierta medida a su padre por tenerlo en tan poco.
Nos quedamos hasta la tarde: no pude arrancar a la señorita Cathy de allí antes; pero, por suerte, mi amo no había salido de su habitación y siguió ignorando nuestra prolongada ausencia.
Mientras caminábamos hacia casa, bien habría querido yo iluminar a mi pupila sobre la índole de la gente que habíamos dejado atrás; pero se le metió en la cabeza que yo estaba prejuiciada contra ellos.