“Le he atado la lengua —observó Heathcliff—. ¡No se atreverá a pronunciar ni una sola sílaba en todo el tiempo! Nelly, tú te acuerdas de mí a su edad; no, unos años más joven. ¿Alguna vez tuve un aspecto tan estúpido, tan «atontado», como lo llama Joseph?”.
—Peor —repliqué—, porque además es más huraño.
—Tengo cierta debilidad por él —continuó, reflexionando en voz alta—. Ha satisfecho mis expectativas. Si hubiera nacido tonto, no lo disfrutaría ni la mitad. Pero no es ningún tonto; y puedo comprender todos sus sentimientos, habiéndolos sentido yo mismo. Sé exactamente lo que sufre ahora, por ejemplo: aunque esto no es más que el principio de lo que va a sufrir. Y jamás podrá salir de su abismo de tosquedad e ignorancia. Lo tengo atrapado más firmemente de lo que su canalla de padre me aseguró a mí, y más hundido; porque él se enorgullece de su brutalidad. Le he enseñado a desdeñar todo lo que sea extraanimal por considerarlo tonto y débil. ¿No crees que Hindley estaría orgulloso de su hijo si pudiera verlo? Casi tanto como yo lo estoy del mío. Pero hay esta diferencia: uno es oro usado para pavimentar las calles, y el otro es estaño pulido que imita