—Con su ayuda eso puede evitarse —prosiguió—; y si hubiera peligro de semejante eventualidad... si él fuera la causa de añadir un solo problema más a su existencia... bueno, ¡creo que estaré justificado para llegar a los extremos! Desearía que tuviera la sinceridad de decirme si Catherine sufriría mucho por su pérdida: el temor de que así sea me frena. Y ahí ve la diferencia entre nuestros sentimientos: si él hubiera estado en mi lugar, y yo en el suyo, aunque lo odiara con un odio que convirtiera mi vida en hiel, jamás habría levantado una mano contra él. ¡Puede poner cara de incredulidad, si le place! Jamás lo habría desterrado de su compañía mientras ella deseara la de él. ¡En el momento en que su afecto cesara, le habría arrancado el corazón y bebido su sangre! Pero, hasta entonces... —si no me cree, no me conoce—, ¡hasta entonces, me habría dejado morir lentamente antes de tocar un solo cabello de su cabeza!
—Y sin embargo —interrumpí—, no tienes ningún escrúpulo en arruinar por completo toda esperanza de su total recuperación, metiéndote en su memoria ahora, cuando ella casi te ha olvidado, y envolviéndola en un nuevo tumulto de discordia y angustia.
—¿Te imaginas que casi me ha olvidado? —dijo—. ¡Oh, Nelly! ¡Sabes bien que no! ¡Sabes tan bien como yo que por cada pensamiento que le dedica a Linton, me dedica mil a mí! En una época de mi vida de lo más desgraciada, tuve una idea semejante; me rondaba por la cabeza a mi regreso a estos lugares el verano pasado; pero solo la seguridad dada por ella misma podría hacerme admitir de nuevo tan horrible pensamiento. Y entonces, Linton no sería nada, ni Hindley, ni todos los sueños que jamás haya soñado. Dos palabras abarcarían mi porvenir: muerte e infierno; la existencia, tras perderla, sería el infierno. Sin embargo, fui un imbécil al imaginar por un momento que ella valoraba el cariño de Edgar Linton más que el mío. Si él amara con todas las fuerzas de su ser mezquino, no podría amar en ochenta años tanto como yo en un día. Y Catherine tiene un corazón tan profundo como el mío: con la misma facilidad cabría el mar en ese abrevadero que toda su afectividad acaparada por él. ¡Bah! Él