A continuación entró un paso más elástico; y ahora abrí la boca para dar un «buenos días», pero volví a cerrarla, sin llegar a formular el saludo; pues Hareton Earnshaw estaba rezando su orisión sotto voce, en una serie de maldiciones dirigidas contra cada objeto que tocaba, mientras rebuscaba en un rincón una azada o una pala para abrirse paso entre los ventisqueros.
Miró por encima del respaldo del banco, dilatando las fosas nasales, y tenía tan pocas intenciones de intercambiar cortesías conmigo como con mi compañero el gato. Por sus preparativos, dediqué que se permitía la salida y, abandonando mi duro lecho, hice un movimiento para seguirle. Él se dio cuenta de esto, y empujó una puerta interior con el extremo de la pala, indicando mediante un sonido inarticulado que ése era el lugar al que debía ir, si cambiaba de sitio.
Se abría a la casa, donde las mujeres ya andaban atareadas; Zillah avivaba las briznas de llama en la chimenea con un fuelle colosal; y la señora Heathcliff, arrodillada en el hogar, leía un libro a la luz de la fogata.
Sostenía la mano interpuesta entre el calor del hogar y sus ojos, y parecía absorta en su ocupación; deteniéndose solo para regañar a la criada por cubrirla de chispas, o para alejar de vez en cuando a un perro que metía el hocico con demasiada insistencia en su cara.
Me sorprendió ver allí también a Heathcliff. Estaba junto al fuego, de espaldas a mí, acabando de protagonizar una escena tempestuosa con la pobre Zillah; la cual, de vez en cuando, interrumpía su labor para alzarse la esquina del delantal y soltar un gemido indignado.
“Y tú, inútil de—” prorrumpió al entrar yo, volviéndose hacia su nuera, y empleando un calificativo tan inofensivo como patito u ovejita, pero