—¿Y la señorita Linton le hace el vacío? —fue la siguiente pregunta del doctor.
—No gozo de su confianza —repliqué, reacio a continuar con el tema.
“No, es muy astuta —observó él, sacudiendo la cabeza—.
¡Se guarda bien sus secretos! Pero es una verdadera tontita. Lo sé de muy buena fuente: ¡anoche (y vaya noche que hacía!) ella y Heathcliff estuvieron paseándose por el plantío detrás de su casa durante más de dos horas; y él le suplicó que no volviera a entrar, sino que se montara en su caballo y se fuera con él! Mi informante me dijo que ella solo pudo quitárselo de encima comprometiendo su palabra de honor de estar preparada para el encuentro siguiente a ese: cuándo iba a ser no lo oyó, ¡pero usted insista al señor Linton para que abra bien los ojos!”.
Esta noticia me infundió nuevos temores; dejé atrás a Kenneth y corrí casi todo el camino de vuelta. El perrito seguía aullando en el jardín. Dediqué un minuto a abrirle la verja, pero, en vez de dirigirse a la puerta de la casa, corrió de arriba abajo olfateando la hierba y se habría escapado a la carretera si no lo hubiera cogido y metido conmigo. Al subir a la habitación de Isabella, mis sospechas se confirmaron: estaba vacía. De haber llegado unas horas antes, la enfermedad de la señora Linton podría haber frenado su imprudente paso. Pero ¿qué se podía hacer ahora? Había una remota posibilidad de darles alcance si se les perseguía al instante. Sin embargo, yo no podía perseguirlos; y no me atrevía a despertar a la familia y llenar el lugar de confusión; ¡mucho menos a revelarle el asunto a mi amo, absorto como estaba en su actual calamidad, y sin fuerzas para soportar un segundo dolor!