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nydus/Wuthering HeightsPublic
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XI

—¿Has estado escuchando tras la puerta, Edgar? —preguntó la señora, en un tono particularmente calculado para provocar a su marido, que implicaba a la vez indiferencia y desprecio por su irritación.

Heathcliff, que había levantado los ojos ante las primeras palabras, soltó una risa burlona ante las segundas; con el propósito, al parecer, de atraer hacia él la atención del señor Linton. Lo consiguió; pero Edgar no tenía la intención de obsequiarle con ningún arranque apasionado.

—He sido muy paciente con usted hasta ahora —dijo en voz baja—; no por ignorar su carácter miserable y degradado, sino porque sentía que usted solo era en parte responsable de él; y como Catalina deseaba conservar su trato, accedí... neciamente. Su presencia es un veneno moral que contaminaría al más virtuoso: por esa causa, y para evitar peores consecuencias, le negaré a partir de ahora la entrada en esta casa y le advierto desde este momento que exijo su marcha inmediata. Tres minutos de demora harán que esta sea involuntaria e ignominiosa.

Heathcliff midió la estatura y la anchura del interlocutor con una mirada llena de burla.

—¡Cathy, este corderito tuyo brama como un toro! —dijo—. Está en peligro de romperse el cráneo contra mis nudillos. ¡Por Dios, señor Linton, siento mortalmente que no valgas la pena como para derribarte de un golpe!

Mi amo miró hacia el pasillo y me hizo seña de que fuera por los hombres: no tenía ninguna intención de arriesgarse a un enfrentamiento personal. Obedecí la indirecta; pero la señora Linton, sospechando algo, lo siguió; y cuando intenté llamarlos, me tiró hacia atrás, dio un portazo y echó la llave.

—¡Por las buenas! —dijo ella, respondiendo a la mirada de enfadada sorpresa de su marido—. Si no tienes valor para atacarlo, pídele disculpas

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