rodeaban el hogar; en uno de ellos me estiré, y Grimalkin se subió al otro. Ambos estábamos cabeceando antes de que nadie invadiera nuestro refugio, y entonces apareció Joseph, arrastrando los pies por una escalinata de madera que desaparecía en el techo a través de una trampilla: el acceso a su buhardilla, supongo. Lanzo una mirada siniestra a la pequeña llama que yo había persuadido para que danzara entre los barrotes, barrió a la gata de su sitio y, acomodándose en el hueco vacante, dio comienzo a la operación de atiborrar una pipa de tres pulgadas con tabaco. Mi presencia en su santuario era evidente que se consideraba un acto de insolencia demasiado vergonzoso para dignarse a comentarlo: aplicó silenciosamente la boquilla a sus labios, cruzó los brazos y se puso a echar humo. Le dejé disfrutar del lujo sin molestarle; y tras exhalar su última bocanada y proferir un profundo suspiro, se levantó y se marchó con la misma solemnidad con la que había venido.
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III
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