—Ahora, traiga mi caballo —dijo, dirigiéndose a su desconocido pariente como lo habría hecho con uno de los mozos de cuadra de la granja—. Y puede venir conmigo. Quiero ver dónde nace el arroyo del duende en la ciénaga y que me hable de los fairishes, como los llama usted; ¡pero dese prisa! ¿Qué le pasa? Traiga mi caballo, le digo.
—¡Antes me dejaría condenar que ser tu criado! —gruñó el muchacho.
—¡A mí qué me vas a ver! —preguntó Catherine sorprendida.
—¡Maldita... bruja insolente! —respondió él.
“¡Ahí tiene, señorita Cathy! ya ve en qué buena compañía se ha metido —interpuse—. ¡Bonitas palabras para dirigírselas a una señorita! Le ruego que no empiece a discutir con él. Vamos, busquemos nosotras mismas a Minny y vámonos”.
—Pero, Ellen —gritó ella, mirándola con los ojos bien abiertos de asombro—, ¿cómo se atreve a hablarme así? ¿No hay que obligarlo a hacer lo que le pido? Malvada criatura, voy a decírselo a papá. ¡Ya verás!
Hareton no pareció inmutarse por esta amenaza, por lo que las lágrimas acudieron a sus ojos con indignación. «¡Traiga usted el poni —exclamó, volviéndose hacia la mujer— y suelte a mi perro en este mismo instante!».
—Despacito, señorita —respondió la aludida—; no perderá nada con ser educada. Aunque el señor Hareton, ahí presente, no sea el hijo del amo, es su primo; y a mí no me contrataron para servirla a usted.
—¡Él mi primo! —exclamó Cathy, con una risa despectiva.
—Sí, desde luego —respondió su censor.
“¡Oh, Ellen! No dejes que digan esas cosas —continuó ella con gran desconsuelo—. Papá ha ido a buscar a mi primo a Londres: mi primo es