táctica, y recordarle mi carácter apasionado, que raya, cuando se enciende, en la locura. Ojalá pudieras apartar esa apatía de ese rostro y mostrarte un poco más preocupada por mí.
La flema con la que recibí estas instrucciones fue, sin duda, bastante exasperantes: pues me fueron impartidas con total sinceridad; pero yo creía que una persona capaz de planificar de antemano el modo de sacar provecho de sus arrebatos de ira podía, ejerciendo su fuerza de voluntad, lograr controlarse más o menos, incluso mientras se hallaba bajo su influjo; y no deseaba «asustar» a su marido, como ella decía, ni multiplicarle los disgustos con el propósito de servir a su egoísmo.
Por tanto, no dije nada al me encontré con el amo que venía hacia el salón; pero me tomé la libertad de dar media vuelta para escuchar si retomaban la pelea. Él fue el primero en hablar.
—Quédese donde está, Catherine —dijo, sin ira en la