—¡Ah! —dijo, soltándome—, veo que ese horrible diablillo no es Hareton: te pido perdón, Nell. Si lo fuera, merecería que lo desollaran vivo por no haber corrido a recibirme y por gritar como si fuera un duende. ¡Cachorro desnaturalizado, ven acá! Te enseñaré a engañar a un padre bondadoso e ilusionado. Dime, ¿no crees que el muchacho estaría más guapo rapado al rape? Eso hace que un perro parezca más fiero, y a mí me encantan las cosas fieras... tráeme unas tijeras... ¡fieras y bien arregladas! Además, es una afectación infernal... una presunción diabólica eso de conservar las orejas... ya somos bastante asnos sin ellas. ¡Chitón, niño, chitón! ¡Bueno, pues sí que es mi querido niño! Venga, sécate los ojos... anda, alegría; bésame. ¡Cómo! ¿Que no quiere? ¡Bésame, Hareton! ¡Maldito seas, bésame! ¡Por Dios, como si fuera a criar semejante monstruo! Tan verdad como que estoy vivo, que le rompo el cuello al mocoso.
El pobre Hareton pataleaba y berreaba en brazos de su padre con todas sus fuerzas, y redobló los gritos cuando este lo subió al piso de arriba y lo alzó por encima de la barandilla.
Grité que iba a atemorizar al niño hasta causarle un ataque, y corrí a rescatarlo. En cuanto llegué hasta ellos, Hindley se inclinó sobre el barandal para escuchar un ruido abajo, olvidándose casi de lo que llevaba en las manos.
—¿Quién anda ahí? —preguntó al oír que alguien se acercaba al pie de la escalera.
Me incliné también con el propósito de hacerle señas a Heathcliff, cuyos pasos reconocí, para que no siguiera avanzando; y, en el preciso instante en que mi vista se apartó de Hareton, este dio un salto repentino, se libró del descuidadísimo agarre que lo sostenía y cayó.
Apenas hubo tiempo de experimentar un estremecimiento de horror antes de ver que el pequeño bribón estaba a salvo. Heathcliff llegó abajo