pues estaba cansada. Cogí un libro y fingí leer. En cuanto supuso que estaba absorta en mi ocupación, reanudó su llanto silencioso: al parecer, era por entonces su pasatiempo favorito. La dejé disfrutar de él un rato; luego la reconvine: burlándome y ridiculizando todas las afirmaciones del señor Heathcliff sobre su hijo, como si estuviera segura de que ella coincidiría. ¡Ay! No tuve la habilidad necesaria para contrarrestar el efecto que su relato había producido: era exactamente lo que él pretendía.
“Puede que tengas razón, Ellen —respondió—; pero nunca estaré tranquila hasta que lo sepa. Y debo decirle a Linton que no es culpa mía no escribir, y convencerle de que no voy a cambiar”.
¿De qué servían la ira y las protestas contra su tonta credulidad? Nos separamos esa noche, enemistados; pero al día siguiente me vi en el camino a Wuthering Heights, al lado del poni de mi caprichosa joven ama. No podía soportar presenciar su dolor: ver su rostro pálido y abatido y sus ojos cansados; y cedí, con la leve esperanza de que el propio Linton demostrara, con su recibimiento, cuán poco de verdad había en la historia.