Tanto las puertas como las celosías estaban abiertas; y, sin embargo, como suele ocurrir en una zona carbonífera, un buen fuego rojo iluminaba la chimenea: el bienestar que los ojos obtienen de él hace que el calor extra sea soportable.
Pero la casa de Cumbres Borrascosas es tan grande que sus habitantes disponen de mucho espacio para retirarse de su influencia; y, en consecuencia, los pocos moradores que había se habían apostado no lejos de una de las ventanas.
Yo podía verlos y oírles hablar antes de entrar, y por ello miré y escuché; impulsado a ello por un sentimiento mezclado de curiosidad y envidia, que crecía a medida que me demoraba.
“¡Al con- trario!” dijo una voz tan dulce como una campana de plata. “¡Esa es la tercera vez, burro! No te lo voy a volver a decir. ¡Acuérdate, o te jalo del pelo!”
—Al contrario, pues —contestó otro, con voz profunda pero suavizada—. Y ahora, bésame, por haber obedecido tan bien.
“No, léelo bien primero, sin un solo error”.
El orador comenzó a leer: era un joven, vestido decorosamente y sentado a una mesa, con un libro ante sí. Sus facciones apuestos ardían de placer, y sus ojos vagaban con impaciencia de la página a una pequeña mano blanca sobre su hombro, que lo reconvenía con una sonora bofetada en la mejilla cuando su dueña detectaba tales muestras de distracción.
Su dueña estaba de pie detrás; sus rizos claros y brillantes se mezclaban, a intervalos, con los castaños de él, mientras se inclinaba para supervisar sus estudios; y su rostro—afortunado era que no pudiera ver su rostro, o jamás habría estado tan quieto. Yo sí pude; y me mordí los labios de rabia por haber desperdiciado la oportunidad que habría podido tener de hacer algo más que contemplar su fulgurante belleza.