Ven al espejo y te dejaré ver lo que deberías desear. ¿Notas esas dos líneas entre tus ojos; y esas cejas tupidas que, en vez de arquearse hacia arriba, se hunden en el medio; y ese par de demonios negros, tan profundamente enterrados, que jamás abren sus ventanas con audacia, sino que acechan brillando bajo ellas, como espías del diablo? Desear y aprender a alisar las arrugas hoscas, a levantar tus párpados con franqueza y a cambiar a los demonios en ángeles confiados e inocentes, que no sospechan ni dudan de nada, y que siempre ven amigos donde no están seguros de hallar enemigos. No adoptes la expresión de un chucho vicioso que parece saber que las patadas que recibe son su merecido, y aun así odia a todo el mundo, tanto como al que patea, por lo que sufre.
—En otras palabras, debo desear los grandes ojos azules y la frente despejada de Edgar Linton —respondió—. Los deseo... y eso no me servirá para tenerlos.
—Un buen corazón te ayudará a tener una cara bonita, muchacho —continué—, aunque fueras un negro puro; y uno malo convertirá la más bonita en algo peor que fea. Y ahora que hemos terminado de lavar, peinar y hacer pucheros, dime si no te encuentras bastante apuesto; te diré que yo sí. Estás para príncipe disfrazado. ¡Quién sabe si tu padre no sería emperador de China, y tu madre una reina india, capaces ambos de comprar, con los ingresos de una semana, Wuthering Heights y Thrushcross Grange juntos! Y fuiste secuestrado por malvados marineros y traído a Inglaterra. Si yo estuviera en tu lugar, concebiría altos conceptos de mi nacimiento, ¡y el pensamiento de lo que era me daría valor y dignidad para soportar las opresiones de un pequeño granjero!
Así seguí charlando yo; y Heathcliff fue perdiendo poco a poco el ceño fruncido y empezó a mostrar un aspecto bastante agradable, cuando de repente nuestra conversación se vio interrumpida por un ruido sordo que avanzaba por el camino y entraba en el patio.