Le escribió a su hermano para informarle del desenlace probable de una indisposición de cuatro meses que había padecido, y le suplicó que fuera a verla, si era posible; pues tenía mucho que arreglar, y deseaba despedirse de él y entregar a Linton sano y salvo en sus manos. Su esperanza era que Linton pudiera quedarse con él, como lo había hecho con ella: su padre, quería autoengañarse, no tenía ningún deseo de asumir la carga de su manutención o educación. Mi amo no dudó ni un momento en cumplir con su solicitud; por muy reacio que fuera a dejar su casa ante llamadas ordinarias, voló para responder a esta; encomendando a Catherine a mi especial vigilancia durante su ausencia, con repetidas órdenes de que no debía salir del parque, ni siquiera bajo mi escolta —no contaba con que ella fuera sin compañía—.
Estuvo fuera tres semanas. El primer día o dos, mi pupila se sentó en un rincón de la biblioteca, demasiado triste para leer o jugar: en ese estado de quietud me dio pocos problemas; pero a este le sucedió un intervalo de impaciente y irritable hastío; y como entonces estaba demasiado ocupada, y era demasiado mayor, para andar corriendo de aquí para allá entreteniéndola, ideé un método con el que pudiera divertirse a sí misma. Solía enviarla de viaje por los jardines —unas veces a pie, y otras en poni—, concediéndole un auditorio paciente para todas sus aventuras reales e imaginarias a su regreso.
El verano brillaba en su pleno apogeo; y ella le tomó tanto gusto a este deambular solitario que a menudo se apañaba para estar fuera desde el desayuno hasta la hora del té; y luego las veladas transcurrían relatando sus cuentos fantasiosos. Yo no temía que se saliera de los límites; porque las puertas por lo general estaban cerradas con llave, y pensé que difícilmente se aventuraría a salir sola si hubiesen estado de par en par. Por desgracia, mi confianza resultó desacertada.