Hareton y Joseph, que se habían despertado con el campanazo y el ruido de pasos, y habían oído nuestra conversación desde afuera, entraron entonces. Joseph se alegraba, creo yo, del traslado del muchacho; Hareton parecía un tanto desconcertado, aunque estaba más ocupado mirando fijamente a Catherine que pensando en Linton. Pero el amo le mandó que se fuera a la cama otra vez: no necesitábamos su ayuda. Después hizo que Joseph trasladara el cadáver a su aposento, y me mandó que volviera al mío, y la señora Heathcliff se quedó sola.
“Por la mañana, me mandó a decirle que tenía que bajar a desayunar; se había desnudado, parecía dispuesta a dormirse y dijo que estaba enferma; de lo cual apenas me extrañé. Se lo comuniqué al señor Heathcliff, y él respondió: «Bien, déjala estar hasta después del funeral; sube de vez en cuando a traerle lo que necesite y, en cuanto parezca estar mejor, avísame»”.
Cathy se quedó arriba quince días, según Zillah, que la visitaba dos veces al día y habría sido bastante más amable, pero sus intentos de aumentar la cordialidad fueron repelidos con orgullo y prontitud.
Heathcliff subió una vez, para mostrarle el testamento de Linton. Él le había legado la totalidad de sus bienes muebles, y los que habían sido de ella, a su padre: la pobre criatura fue amenazada, o engatusada, para realizar ese acto durante su semana de ausencia, cuando su tío murió.
Las tierras, al ser menor de edad, no pudo tocarlas. Sin embargo, el señor Heathcliff las ha reclamado y retenido por derecho de su esposa y también por el suyo: supongo que legalmente; en cualquier caso, Catherine, desprovista de dinero y amigos, no puede perturbar su posesión.
“Nadie —dijo Zillah—, salvo yo, se había acercado jamás a su puerta, ni aquella vez; y nadie preguntó nada sobre ella.