—Ellen —dijo, cuando entré—, ¿has visto a tu señora?
—Sí; está en la cocina, señor —respondí—. Está muy contrariada por el comportamiento del señor Heathcliff; y, la verdad, creo que ya es hora de organizar sus visitas de otro modo. Hay peligro en ser demasiado blando, y ahora se ha llegado a esto...
Y relaté la escena del patio y, con tanta exactitud como me atreví, toda la disputa posterior. Imaginé que no le perjudicaría mucho a la señora Linton; a menos que ella lo empeorara después, poniéndose a la defensiva por su invitado.
Edgar Linton tuvo dificultades para escucharme hasta el final. Sus primeras palabras revelaron que no eximía a su esposa de culpa.
—¡Esto es insoportable! —exclamó—. ¡Es vergonzoso que ella lo reconozca como amigo y me imponga su compañía! Llámenos a dos hombres del vestíbulo, Ellen. Catalina no se demorará ni un minuto más para discutir con ese bellaco de baja estofa; ya le he aguantado bastante sus caprichos.
Él descendió y, ordenando a los sirvientes que esperasen en el pasillo, se encaminó a la cocina, seguido por mí. Sus ocupantes habían reanudado su enfurecida discusión: la señora Linton, al menos, regañaba con renovado vigor; Heathcliff se había movido hacia la ventana y agachaba la cabeza, intimidado al parecer por su violenta reprimenda. Él vio primero al amo y le hizo una seña rápida para que guardara silencio; ella le obedeció, de golpe, al descubrir el motivo de su aviso.
—¿Qué es esto? —dijo Linton, dirigiéndose a ella—; ¿qué concepto de la decencia debes de tener para permanecer aquí, después de los improperios que te ha dirigido ese canalla? Supongo que, como es su lenguaje habitual, no le das importancia: ¡estás acostumbrada a su bajeza y, tal vez, te imaginas que yo también puedo habituarme a ella!