que había tenido en su enemistad.
«Mira que no hables ni le hagas demasiado caso a tu primo —fueron mis instrucciones en un susurro al entrar en la estancia—. Seguro que eso molestará al señor Heathcliff, y se pondrá furioso con los dos».
—No lo voy a hacer —respondió ella.
Al minuto siguiente, se había deslizado furtivamente hacia él y estaba poniendo primulas en su plato de gachas.
No osaba hablarle allí; apenas osaba mirarla; y, sin embargo, ella siguió provocándole, hasta que estuvo a punto de echarse a reír en dos ocasiones.
Yo fruncí el ceño, y entonces ella dirigió una mirada hacia el amo, cuya mente —como evidenciaba su rostro— estaba ocupada en otros asuntos ajenos a su compañía; y ella se puso seria por un instante, escrutándolo con profunda gravedad.
Después se volvió y reanudó sus tonterías; por fin, Hareton soltó una risa ahogada. El señor Heathcliff se estreme-ció; su mirada recorrió rápidamente nuestros rostros, y Catalina la sostuvo con su habitual expresión de nerviosismo y a la vez de desafío, que él tanto aborrecía.
—Bien está que estés fuera de mi alcance —exclamó—. ¿Qué demonio te posee para mirarme fijamente, de continuo, con esos ojos infernales? ¡Bájalos! y no vuelvas a recordarme tu existencia. Creí que te había curado de reír.
“Fui yo”, murmuró Hareton.
—¿Qué dices? —exigió el amo.