Averías que puse el extinguidor sobre la llama, recibiendo al hacerlo un manotazo y un petulante: «¡Cosa arisca!».
La dejé entonces de nuevo, y ella echó el cerrojo en uno de sus peores y más enfadosos humores. La carta quedó terminada y fue remitida a su destino por un lechero que venía del pueblo; pero eso no lo supe hasta algún tiempo después.
Pasaron las semanas, y Cathy recuperó el buen humor; aunque se volvió maravillosamente aficionada a escabullirse sola a los rincones y a menudo, si me le acercaba de repente mientras leía, se sobresaltaba e inclinanba sobre el libro, deseosa evidentemente de ocultarlo; y yo descubrí bordes de papel suelto que sobresalían de las hojas.
Adquirió también la manía de bajar temprano por la mañana y rondar por la cocina, como si estuviera esperando la llegada de algo; y tenía un cajón pequeño en un gabinete de la biblioteca, con el que se entretenía durante horas y cuya llave se cuidaba muy mucho de retirar cuando lo dejaba.
Un día, mientras inspeccionaba este cajón, observé que los juguetes y chucherías que hacía poco constituían su contenido se habían transformado en trozos de papel doblado. Mi curiosidad y mis sospechas se despertaron; decidí echar un vistazo a sus misteriosos tesoros; así que, por la noche, tan pronto como ella y mi amo estuvieron a buen recuardo arriba, busqué y encontré fácilmente entre mis llaves de la casa una que encajaba en la cerradura. Tras abrirlo, vacié todo el contenido en mi delantal y me lo llevé para examinarlo con calma en mi propia habitación. Aunque no podía dejar de sospechar, aún me sorprendió descubrir que eran un montón de correspondencia —casi diaria, debía de ser— de Linton Heathcliff: respuestas a documentos enviados por ella. Las fechas