—¡Con todo mi corazón! No me interrumpas. Ven a tomar asiento aquí. Aparta los dedos de esa amarga falange de frascos. Saca la labor de punto del bolsillo —así está bien—, ahora continúa la historia del señor Heathcliff, desde donde la dejaste, hasta el día de hoy. ¿Terminó su educación en el continente y volvió convertido en todo un caballero? ¿O consiguió una plaza de becario en la universidad, o huyó a América y ganó honores derramando la sangre de su patria adoptiva? ¿O hizo fortuna más rápidamente en los caminos de Inglaterra?
—Puede que haya hecho un poco de todo en esos oficios, señor Lockwood; pero no pondría la mano en el fuego por ninguno. Ya he dicho antes que no sé cómo ganó su dinero; tampoco conozco los medios de que se valió para sacar su mente de la salvaje ignorancia en la que estaba sumida: pero, con su permiso, seguiré a mi manera, si cree que le entretendrá y no le aburrirá. ¿Se siente mejor esta mañana?
“Mucho.”
“Eso es una buena noticia.”
Llevé a la señorita Catalina y a mí misma a Thrushcross Grange; y, para mi agradable decepción, ella se portó infinitamente mejor de lo que me atrevía a esperar.
Parecía casi demasiado encariñada con el señor Linton; y hasta con su hermana mostró sobrada afectuosidad. Ambos estuvieron muy atentos a su comodidad, desde luego.
No era el espino inclinándose hacia las madreselvas, sino las madreselvas abrazando al espino.
No hubo concesiones mutuas: uno se mantenía erguido y los otros cedían; ¿y quién puede ser malhumorado y de mala índole cuando no encuentra ni oposición ni indiferencia?