he ordenado a Hareton que le obedezca; y, de hecho, lo he dispuesto todo con la mira de preservar en él al superior y al caballero por encima de sus semejantes. Lamento, sin embargo, que merezca tan poco la pena: si deseaba alguna bendición en el mundo, era encontrar en él un digno objeto de orgullo, ¡y estoy amargamente decepcionado con este mequetrefe cara de suero y llorón!
Mientras hablaba, Joseph regresó cargando con una taza de gachas de leche, y la puso delante de Linton: quien revolvió el casero plato con una mirada de aversión, y afirmó que no podía comerlo. Vi que el viejo criado compartía en gran medida el desprecio de su amo por el chico; aunque se veía obligado a reprimir ese sentimiento en su interior, porque Heathcliff pretendía claramente que sus subordinados lo tuvieran en alta estima.
—¿No puede comérselo? —repitió él, escrutando el rostro de Linton y bajando la voz a un susurro por miedo a que los oyeran—. ¡Pero si el amo Hareton nunca comió otra cosa cuando era un crío; y lo que era bastante bueno para él es bastante bueno para vos, más bien me parece!
—¡No me lo voy a comer! —respondió Linton, con brusquedad—. Lléveselo.
Joseph arrebató la comida indignado y nos la trajo.
—¿Le pasa algo a la comida? —preguntó, metiendo la bandeja bajo las narices de Heathcliff.
—¿Qué mal les ha de aquejar? —dijo él.
«¡Guá! —contestó Joseph—. ¡Ese finolis dice que no se los puede tragar! ¡Pero seguro que tiene razón! Su madre era igualita... nosotros estábamos casi demasiado mugrientos para sembrar el trigo con el que le hacíamos el pan».
—No me hable usted de su madre —dijo el amo, irritado—. Tráigale algo que pueda comer, eso es todo. ¿Cuál suele ser su comida, Nelly?