más tempranas eran embarazosas y breves; gradualmente, sin embargo, se convirtieron en copiosas cartas de amor, necias, como la edad del escritor hacía natural, aunque con toques aquí y allá que creí tomados de una fuente más experimentada. Algunas me parecieron extrañísimas combinaciones de ardor y sosa banalidad; comenzaban con un sentimiento fuerte y concluían en el estilo afectado y prolijo que un escolar podría usar con una novia imaginaria e incorpórea. Si satisfacían a Cathy, no lo sé; pero a mí me parecieron basura sin valor. Después de hojear tantas como creí conveniente, las até en un pañuelo y las guardé aparte, volviendo a cerrar con llave el cajón vacío.
Siguiendo su costumbre, mi joven señora bajó temprano y visitó la cocina: la vi ir hacia la puerta a la llegada de cierto muchachito; y, mientras lalechera le llenaba el tarro, ella le metió algo en el bolsillo de la chaqueta y le sacó otra cosa. Rodeé por el jardín y le tendí una emboscada al mensajero, quien luchó valerosamente para defender su encargo, y entre los dos derramamos la leche; pero logré extraer la misiva y, tras amenazarlo con graves consecuencias si no se daba mucha prisa en volver a casa, me quedé bajo el muro y leí la afectuosa composición de la señorita Cathy. Era más sencilla y más elocuente que la de su primo: muy bonita y muy tonta. Meneé la cabeza y entré en la casa meditabunda. Como el día estaba lluvioso, no pudo divertirse deambulando por el parque; así que, al terminar sus estudios matutinos, recurrió al consuelo del cajón. Su padre se sentó a leer a la mesa y yo, a propósito, busqué algo que hacer en unos flecos descosidos de la cortina, manteniendo la vista fija en sus movimientos. Jamás ningún pájaro que vuelve a un nido saqueado, que había dejado lleno de polluelos trinadores, expresó una desesperación más completa,