“ «¿Qué hay que hacer ahora? ¿Qué hay que hacer ahora?»
—«Hay que tener en cuenta esto —bramó Heathcliff—: que tu amo está loco; y si dura otro mes más, lo llevaré a un manicomio. ¿Y cómo demonios se te ocurrió dejarme fuera con el cerrojo, sabueso sin dientes? No te quedes ahí refunfuñando y mascullando. Vamos, no voy a cuidarle. Limpia eso de ahí; y ten cuidado con las chispas de tu vela... ¡que pasa de la mitad de brandy!».
—«¿Y conque lo habéis estado aporreando? —exclamó Joseph, alzando las manos y los ojos con horror—. ¡Si jamás he visto una cosa igual! ¡Que el Señor...»
Heathcliff le dio un empujón para hacerlo caer de rodillas en medio de la sangre y le arrojó una toalla; pero, en vez de proceder a limpiarla, juntó las manos y comenzó a rezar, lo cual me hizo reír por su extraña fraseología. Yo estaba en un estado de ánimo en el que nada podía escandalizarme: de hecho, me encontraba tan temerario como suelen mostrarse algunos malhechores al pie de la horca.
“—Ah, me olvidaba de ti —dijo el tirano—. Eso harás tú. Abajo contigo. ¿Y tú conspiras con él contra mí, eh, víbora? ¡Toma, ese es trabajo digno de ti!”.
“Me sacudió hasta hacerme chocar los dientes, y me arrojó junto a José, quien concluyó con calma sus súplicas y luego se levantó, jurando que partiría hacia la Granja en el acto. El señor Linton era magistrado, y aunque tuviera cincuenta esposas muertas, investigaría aquello. Era tan obstinado en su propósito, que Heathcliff juzgó conveniente arrancarme de los labios una recapitulación de lo sucedido; se quedó de pie sobre mí, palpitando de malevolencia, mientras yo relataba a regañadientes lo ocurrido en respuesta a sus preguntas. Costó muchísimo esfuerzo convencer al viejo de que Heathcliff no había sido el agresor; especialmente con mis respuestas arrancadas a la fuerza.