Heathcliff se había hincado sobre una rodilla para abrazarla; intentó levantarse, pero ella le agarró el cabello y lo retuvo.
—¡Ojalá pudiera abrazarte —continuó con amargura— hasta que los dos estuviéramos muertos! No me importaría lo que sufrieras. No me importa nada de tus sufrimientos. ¿Por qué no habrías de sufrir tú? ¡Yo sufro!
¿Me olvidarás? ¿Serás feliz cuando yo esté bajo tierra? ¿Dirás de aquí a veinte años: «Esa es la tumba de Catherine Earnshaw? La amé hace mucho tiempo, y fui desgraciado al perderla; pero ya pasó. Desde entonces he amado a muchos otros: mis hijos me son más queridos de lo que ella fue; y, al morir, no me alegraré de ir a su encuentro: ¡sentiré tener que dejarlos a ellos!»?
¿Dirás eso, Heathcliff?
—No me tortures hasta que esté tan loco como tú —gritó él, zafándose la cabeza y rechinando los dientes.
Los dos, ante un espectador imparcial, formaban un cuadro extraño y temible.
Bien podía considerar Catherine que el cielo sería para ella una tierra de exilio, a menos que, junto con su cuerpo mortal, se despojara también de su carácter moral. Su semblante actual tenía una salvaje vindictiva en su mejilla pálida, con los labios desangrados y la mirada centelleante; y retenía entre sus dedos cerrados un mechón de los cabellos que había estado estrujando.
En cuanto a su compañero, mientras se incorporaba con una mano, la había tomado del brazo con la otra; y tan escasa era su reserva de gentileza para las exigencias de la condición de ella, que al soltarla vi cuatro impresiones distintas marcadas en azul sobre la piel incolora.