Siete días se deslizaron, cada uno marcando su curso por la alteración en adelante rápida del estado de Edgar Linton. El estragamiento que los meses habían obrado previamente era ahora emulado por los avances de las horas.
A Catalina habríamos querido engañarla aún; pero su propio espíritu rápido se negó a engañarla: lo adivinaba en secreto y rumiaba sobre la terrible probabilidad, que maduraba gradualmente hasta convertirse en certeza.
No tuvo valor para mencionar su paseo cuando llegó el jueves; yo lo mencioné por ella y obtuve permiso para ordenarle que saliera al aire libre: pues la biblioteca, donde su padre se detenía un corto tiempo al día —el breve periodo que podía soportar estar incorporado—, y su alcoba se habían vuelto su mundo entero.
Regateaba cada momento que no la encontraba inclinada sobre su almohada o sentada a su lado. Su semblante se volvió marchito por la vigilia y la pena, y mi amo la despidió gustoso a lo que se lisonjeaba que sería un cambio feliz de escenario y de compañía; sacando consuelo de la esperanza de que ella no se quedaría ahora enteramente sola tras su muerte.
Tenía la idea fija, según deduje por varias observaciones que dejó escapar, de que, como su sobrino se le parecía en el físico, se le parecería también en el espíritu; pues las cartas de Linton apenas mostraban indicios de su defectuoso carácter. Y yo, por una debilidad comprensible, me abstuve de corregir aquel error; preguntándome de qué serviría perturbar sus últimos momentos