Él se había retirado a la oración privada en su aposento, y el señor y la señora Earnshaw entretenían la atención de la señorita con varios chismes alegres comprados para que ella se los regalara a los pequeños Linton, como agradecimiento por su amabilidad. Los habían invitado a pasar el día siguiente en Cumbres Borrascosas, y la invitación había sido aceptada con una sola condición: la señora Linton rogaba que mantuvieran a sus queridos niños cuidadosamente alejados de ese «malcriado y malablado muchacho».
Bajo estas circunstancias me quedé a solas.
Olfateé el rico aroma de las especias hirviendo; y admiré los brillantes utensilios de cocina, el reloj pulido, adornado con acebo, las jarras de plata alineadas en una bandeja listas para llenarse de cerveza caliente especiada para la cena; y sobre todo, la pulcritud impecable de mi especial cuidado: el suelo fregado y bien barrido.
Di mentalmente el aplauso merecido a cada objeto, y entonces recordé cómo el viejo Earnshaw solía entrar cuando todo estaba ordenado, y me llamaba muchacha impertinente, y me deslizaba un chelín en la mano como aguinaldo de Navidad; y de ahí pasé a pensar en su cariño por Heathcliff, y en su temor de que este sufriera algún desdén después de que la muerte se lo hubiera llevado: y eso me condujo de manera natural a considerar la situación del pobre muchacho ahora, y de cantar cambié de opinión para ponerme a llorar.
No tardé en comprender, sin embargo, que tendría más sentido esforzarme por reparar algunas de las injusticias cometidas contra él que derramar lágrimas por ellas; me levanté y salí al patio para buscarlo. No estaba lejos; lo encontré alisando el lustroso pelaje del poni nuevo en la caballeriza y alimentando a las otras bestias, según su costumbre.
—¡Date prisa, Heathcliff! —le dije—, la cocina está muy cómoda; y Joseph está arriba: date prisa y déjame vestirte elegante antes de que la