Mientras me abría paso escal arriba, me recomendó que escondiera la vela y no hiciera ruido; pues su amo tenía una extraña idea acerca de la habitación en la que iba a hospedarme, y nunca permitía que nadie durmiera allí por voluntad propia.
Le pregunté el motivo. No lo sabía, respondió: solo llevaba allí uno o dos años; y como pasaban tantas cosas raras, ni empezaba a sentir curiosidad.
Demasiado aturdido como para sentir curiosidad por mí mismo, eché el cerrojo a la puerta y busqué la cama con la mirada.
Todo el mobiliario consistía en una silla, un ropero y un gran arcón de roble, con unos cuadraditos calados cerca de la parte superior que parecían las ventanillas de un carruaje. Me acerqué a esta estructura, miré dentro y comprobé que se trataba de una singular clase de lecho anticuado, diseñado con gran comodidad para evitar que cada miembro de la familia tuviera una habitación propia.
De hecho, formaba un pequeño gabinete, y el alféizar de una ventana que abarcaba servía de mesa. Corrí los paneles laterales, entré con mi luz, volví a cerrarlos y me senté a salvo de la vigilancia de Heathcliff y de la de cualquiera otro.
El alféizar, donde coloqué la vela, tenía unos cuantos libros enmohecidos amontonados en un rincón; y estaba cubierto de inscripciones arañadas sobre la pintura. Esta escritura, sin embargo, no era más que un nombre repetido en toda clase de caracteres, grandes y pequeños: Catherine Earnshaw, aquí y allá variado a Catherine Heathcliff, y luego otra vez a Catherine Linton.