mundo conjeturaba que había perecido anoche; y se preguntaban cómo debían emprender la búsqueda de mis restos. Les mandé callar, ahora que me veían de regreso, y, entumecido hasta lo más hondo del corazón, arrastré los pasos escaleras arriba; desde donde, tras ponerme ropa seca y pasear de un lado a otro treinta o cuarenta minutos para restablecer el calor corporal, pasé a mi estudio, débil como un gatito: casi demasiado para disfrutar del alegre fuego y del humeante café que el criado había preparado para mi refrigerio.
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III
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