falta que le causara más gastos atendiéndola, él replicó: «Sé que no hace falta; ¡está bien; ya no requiere más atención de su parte! Jamás tuvo tisis. Fue una fiebre, y se ha ido: su pulso está tan lento como el mío ahora, y su mejilla tan fresca».
Él le contó a su mujer la misma historia, y ella pareció creerle; pero una noche, mientras se apoyaba en su hombro, a punto de decir que creía que podría levantarse mañana, le dio un ataque de tos —muy leve—, él la levantó en brazos; ella le rodeó el cuello con las dos manos, su semblante cambió y murió.
Tal como la muchacha había previsto, el niño Hareton cayó por completo en mis manos. El señor Earnshaw, con tal de verlo sano y no oírlo llorar, se daba por satisfecho en lo que a él respectaba.
En cuanto a sí mismo, se volvió desesperado: su dolor era de esa clase que no se lamenta. No lloraba ni rezaba; maldecía y desafiaba: execraba a Dios y a los hombres, y se entregaba a un desenfreno temerario.
Los sirvientes no pudieron soportar por mucho tiempo su conducta tiránica y malvada: José y yo fuimos los únicos dos que quisimos quedarnos. No tuve el valor de abandonar a mi cargo; y además, ya sabe, había sido su hermana de leche y disculpaba su comportamiento con más facilidad que lo habría hecho un extraño. José se quedó para tiranizar a los inquilinos y jornaleros; y porque era su vocación estar donde tuviera abundante maldad que reprochar.
Las malas costumbres y los malos compañeros del amo eran un hermoso ejemplo para Catherine y Heathcliff. Su trato hacia este último era suficiente para convertir a un santo en un demonio. Y, a decir verdad, parecía como si el muchacho estuviera poseído por algo diabólico en aquella época. Le encantaba presenciar cómo Hindley se degradaba sin redención posible; y cada día se hacía más notable por su hosquedad salvaje y su