la nieve de abril, y antes de que la criatura pudiera balbucear una palabra o dar un paso tambaleándose, ya blandía el cetro de un déspota en su corazón. Se llamaba Catherine, pero él nunca la llamó por su nombre completo, del mismo modo que nunca había llamado a la primera Catherine por el diminutivo; probablemente porque Heathcliff tenía la costumbre de hacerlo. La pequeña siempre fue Cathy: para él eso suponía una distinción respecto a la madre y, al mismo tiempo, un vínculo con ella; y su apego nacía de la relación de la niña con la difunta, mucho más de lo que nacía de ser su propia hija.
Solía comparar a este con Hindley Earnshaw, y me devanaba los sesos intentando explicar satisfactoriamente por qué su conducta difería tanto en circunstancias similares. Ambos habían sido esposos cariñosos y estaban muy apegados a sus hijos; y yo no alcanzaba a ver por qué no habrían tomado el mismo camino, para bien o para mal. Pero yo pensaba para mis adentros que Hindley, con una cabeza Aparentemente más fuerte, había demostrado ser, por desgracia, el hombre peor y más débil. Cuando su barco encalló, el capitán abandonó su puesto; y la tripulación, en vez de intentar salvarlo, se entregó al desenfreno y a la confusión, sin dejar esperanza alguna para la desdichada nave. Linton, por el contrario, mostró el verdadero valor de un alma leal y fiel: confió en Dios, y Dios lo reconfortó. Uno tuvo esperanza, y el otro cayó en la desesperación: eligieron sus propios destinos y fueron justamente condenados a sufrirlos. Pero a usted no le apetecerá escuchar mis moralejas, señor Lockwood; usted juzgará tan bien como yo todas estas cosas; o al menos creerá que puede hacerlo, que viene a ser lo mismo.