Con el señor Heathcliff, sombrío y saturnino, por un lado, y Hareton, absolutamente mudo, por el otro, hice una comida un tanto desoladora y me despedí temprano. Habría salido por la puerta trasera para echarle un último vistazo a Catherine y molestar al viejo Joseph; pero Hareton recibió la orden de traer mi caballo, y mi anfitrión en persona me acompañó hasta la puerta, así que no pude cumplir mi deseo.
—¡Qué aburrida se vuelve la vida en esa casa! —reflexioné mientras iba caballo camino abajo—. ¡Qué realización de algo más romántico que un cuento de hadas habría sido para la señora Linton Heathcliff que ella y yo hubiéramos congeniado, como deseaba su buena nodriza, y emigrado juntos a la animada atmósfera de la ciudad!