de mi puño. ¡Toma, otra vez! ¡Yo tiraría el cuenco y todo si fuera tú! Venga, quita la capa de arriba y así habrás acabado con ello. Zas, zas. ¡Es un milagro que no le hayas saltado el fondo!». Era un rancho bastante tosco, lo confieso, cuando se vertió en las tazas; se habían proporcionado cuatro, y de la lechería se trajo un jarro de galón de leche fresca, que Hareton agarró y comenzó a beber y derramar por el ancho borde. Protesté y pedí que se le diera la suya en una taza; afirmando que no podía probar el líquido tratado de forma tan sucia. El viejo cínico optó por ofenderse enormemente por esta exquisitez; asegurándome repetidamente que «el zagal era tan bueno como» yo, «y tan sano», y preguntándose cómo se me ocurría ser tan presumida. Mientras tanto, el infante rufián seguía succionando y me miraba desafiante mientras babeaba dentro de la jarra. «Tomaré la cena en otra habitación —dije—. ¿No tenéis ningún lugar que llaméis salón?». «¡Salón! —hizo eco con desprecio—. ¡Salón! No, no tenemos salones. Si no te gusta nuestra compañía, está la del amo; y si no te gusta la del amo, ahí estamos nosotros». «Entonces subiré arriba —respondí—; muéstrame una habitación». Puse mi cuenco en una bandeja y fui yo misma a buscar más leche. Con grandes gruñidos, el tipo se levantó y me precedió en el ascenso: subimos a las buhardillas; abría una puerta de vez en cuando para mirar en los aposentos por los que pasábamos.
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