—Tienes que cambiar de caballo conmigo: el mío no me gusta; y si no lo haces, le diré a tu padre las tres palizas que me has dado esta semana, y le enseñaré el brazo, que lo tengo negro hasta el hombro.
Hindley le sacó la lengua y le arreó un bofetón en las orejas.
—Más te vale hacerlo ahora mismo —insistió, escapando hacia el porche (estaban en la caballeriza)—: tendrás que hacerlo; y si hablo de estos golpes, te los devolverán con creces.
—¡Fuera, perro! —gritó Hindley, amenazándolo con un peso de hierro que usaban para pesar patatas y heno.
—Tíralo —respondió él, quedándose quieto—, y entonces contaré cómo presumías de que me echarías a patadas de casa en cuanto él muera, y a ver si no te echa a ti en el acto.
Hindley lo arrojó, dándole en el pecho, y él cayó al suelo, pero se levantó en el acto, sin aliento y pálido; y, de no haberlo evitado yo, se habría presentado así ante el amo, obteniendo cumplida venganza al dejar que su estado intercediera por él, dando a entender quién lo había causado.
—¡Pues coge mi potro, Gitano! —dijo el joven Earnshaw—. ¡Y ruego que te rompa el cuello: cógelo y que te den por culo, intruso muerto de hambre! Y sácale a mi padre todo lo que tiene con tus malas artes: solo que luego le muestres quién eres, engendro de Satán. —¡Y toma eso, espero que te reviente los sesos a coz!
Heathcliff había ido a soltar a la bestia y a trasladarla a su propio pesebre; pasaba por detrás de ella cuando Hindley terminó su discurso tirándolo de un golpe bajo sus patas, y sin pararse a examinar si sus esperanzas se habían cumplido, echó a correr tan rápido como pudo.