cocina. Joseph estaba encorvado sobre el fuego, escudriñando una gran cacerola que pendía sobre este; y un cuenco de madera con harina de avena reposaba en el escaño muy cerca. El contenido de la cacerola comenzó a hervir, y él se volvió para hundir la mano en el cuenco; conjeturé que este preparado era probablemente para nuestra cena y, al tener hambre, resolví que fuera comestible; así que, gritando con fuerza: «¡Yo haré las gachas!», aparté el recipiente de su alcance y procedí a quitarme el sombrero y el hábito de montar. «El señor Earnshaw —continué— me manda que me atienda a mí misma: lo haré. No voy a hacer de dama entre vosotros, por miedo a morirme de hambre». «¡Güeno Dios! —murmuró, sentándose y alisándose las medias de canalé desde la rodilla hasta el tobillo—. Si ha de haber nuevas órdenes... justo cuando me había acostumbrado a dos amos, si he de tener una ama puesta sobre mi cabeza, va siendo hora de mudar. ¡Jamás pensé que vería el día en que tuviera que dejar el viejo lugar... pero me temo que está cerca!». Esta lamentación no mereció mi atención; me puse a trabajar enérgicamente, suspirando al recordar una época en la que todo aquello habría sido pura diversión; pero obligada rápidamente a ahuyentar el recuerdo. Me destrozaba recordar la felicidad pasada y el mayor peligro que había de evocar su aparición; cuanto más deprisa giraba la paleta y más deprisa caían los puñados de harina en el agua. Joseph contempló mi estilo de cocina con creciente indignación. «¡Toma! —exclamó—. Hareton, no te vas a cenar las gachas esta noche; no serán más que grumos del tamaño
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