“—¡Eso ya lo sabemos! —respondió Heathcliff—; pero su vida no vale un comino, y no voy a gastar un comino en él”.
«—Pero no sé cómo hacerlo —dijo ella—; ¡y si nadie me ayuda, se morirá!
—«¡Salga de la habitación —gritó el amo—, y que no vuelva a oírle decir una sola palabra más sobre él! ¡A nadie le importa aquí lo que sea de él; si a usted sí, haga de enfermera; si no, enciérrelo bajo llave y déjelo!».
«Entonces empezó a molestarme, y le dije que ya había tenido bastante fastidio con la tediosa criatura; cada uno de nosotros tenía sus tareas, y la suya era atender a Linton: el señor Heathcliff me mandó que le dejara esa labor a ella».
“Cómo se apañaban los dos, no sé decirlo. Me figuro que él se atormentaba muchísimo y se lamentaba para sus adentros día y noche; y ella tenía poquísimo descanso: se adivinaba por su cara blanca y sus ojos ojerosos.
A veces entraba en la cocina toda desconcertada, como si quisiera pedir ayuda a gritos; pero yo no iba a desobedecer al amo: nunca me atrevo a desobedecerle, señora Dean; y, aunque me parecía mal que no se mandase llamar a Kenneth, no era asunto mío aconsejar ni quejarme, y siempre me negué a meterme en líos.
Una o dos veces, después de habernos acostado, me ha tocado abrir la puerta de nuevo y la he visto sentada llorando en lo alto de la escalera; y entonces me he encerrado rápidamente, por miedo a que me conmoviera y me metiera en aquello. Sí que la compadecí entonces, te lo aseguro; pero tampoco quería perder mi empleo, ya sabes.
“Al fin, una noche entró audazmente en mi aposento y me asustó a más no poder al decirme: «Dile al señor Heathcliff que su hijo se está