Él corrió hacia la ventana y yo hacia la puerta, justo a tiempo de contemplar a los dos Linton descender del carruaje familiar, sepultados bajo capas y pieles, y a los Earnshaws desmontar de sus caballos: en invierno solían ir a la iglesia cabalgando. Catalina tomó de una mano a cada uno de los niños, los trajo a la casa y los sentó ante el fuego, lo cual devolvió rápidamente el color a sus pálidos rostros.
Insté a mi compañero a que se apresurara ahora y mostrara su amable disposición, y él obedeció de buena gana; pero la mala suerte quiso que, al abrir él la puerta que comunicaba con la cocina por un lado, Hindley la abriera por el otro. Se encontraron, y el amo, irritado al verlo limpio y alegre, o quizás deseoso de cumplir su promesa a la señora Linton, lo empujó hacia atrás con un golpe repentino y le ordenó con ira a Joseph que «apartara al tipo de la habitación y lo mandara al desván hasta que acabara la comida. Se meterá los dedos en las tartas y robará la fruta si se le deja a solas con ellas un minuto».
—No, señor —no pude evitar responder—; no tocará nada, no; y supongo que él también debe tener su parte de los manjares al igual que nosotros.
—¡Ya se enterará de lo que vale un rastrillo si lo cojo abajo antes de que oscurezca! —gritó Hindley—. ¡Largo de aquí, vagabundo! ¡Cómo! ¿Que te las das de petimetre, eh? ¡Espera a que eche mano a esos bucles tan finos! ¡A ver si no te los estiro un poco más!
—Ya son bastante largos —observó el amo Linton, asomándose por la puerta—; ¡me extraña que no le duelan la cabeza! ¡Parece la crin de un potro sobre sus ojos!
Hizo esta observación sin intención alguna de insultar; pero la naturaleza violenta de Heathcliff no estaba preparada para soportar la apariencia de