En la quinta mañana, o más bien tarde, se acercó un paso diferente: más ligero y corto; y, esta vez, la persona entró en la habitación. Era Zillah, ataviada con su chal escarlata, un sombrero de seda negra en la cabeza y una cesta de mimbre colgada del brazo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Señora Dean! —exclamó—. ¡Vaya! Se habla mucho de usted en Gimmerton. Nunca pensé sino que se había hundido en el pantano de Blackhorse, y la señorita con usted, ¡hasta que el amo me dijo que la habían encontrado y que la había alojado aquí! ¡Cómo! ¿Y seguro que habrán ido a parar a una isla? ¿Y cuánto tiempo se quedó en el hoyo? ¿La salvó el amo, señora Dean? Pero no está tan delgada... No se habrá puesto tan mala, ¿verdad?
—¡Tu amo es un verdadero bribón! —repliqué—. Pero me las pagará. No hacía falta que inventara esa historia: ¡todo va a salir a la luz!
—¿Qué quiere decir? —preguntó Zillah—. No es cuento suyo: eso lo cuentan en el pueblo, lo de que se perdió usted en el pantano; y yo le digo a Earnshaw al entrar: «¡Vaya!, se han visto cosas bien raras, señor Hareton, desde que me fui. Es una gran lástima lo de esa muchacha tan apuesta y la parlanchina de Nelly Dean». Él se quedó mirándome. Pensé que no se había enterado de nada, así que le conté el rumor. El amo escuchó, y se limitó a sonreír para sus adentros, y dijo: «Si han estado en el pantano, ya han salido, Zillah. Nelly Dean está alojada, en este mismo momento, en tu habitación. Puedes decirle que se mude cuando subas; aquí tienes la llave. El agua del cenagal se le metió en la cabeza, y se habría ido corriendo a casa toda chiflada; pero la retuve hasta que volvió en sí. Puedes ordenarle que vaya a la Granja de inmediato, si puede, y que lleve un mensaje de mi parte de que su señorita la seguirá a su debido tiempo para asistir al entierro del terrateniente».