1801 .— Acabo de volver de una visita a mi propietario—el único vecino que va a darme quebraderos de cabeza. ¡Es éste un país hermoso sin duda! En toda Inglaterra no creo que hubiera podido encontrar un paraje tan completamente apartado del bullicio de la sociedad. El paraíso perfecto de un misántropo; y el señor Heathcliff y yo formamos una pareja de lo más adecuada para repartirnos esta soledad. ¡Un tipo magnífico! No se imaginaba cuán conmovido se sentía mi corazón hacia él al ver cómo sus ojos negros se retiraban con suspicacia bajo las cejas, mientras me acercaba a caballo, y cómo sus dedos se guarecían, con celosa resolución, aún más en el chaleco al anunciar yo mi nombre.
— ¿El señor Heathcliff? —dije.
Una inclinación de cabeza fue la respuesta.
—Sr. Lockwood, su nuevo inquilino, caballero. Me tomo la libertad de pasar a verle tan pronto como me ha sido posible tras mi llegada, para expresarle mi esperanza de haberle causado las menores molestias posibles con mi insistencia en solicitar el alquiler de Thrushcross Grange: supe ayer que usted había estado pensando en...
—Thrushcross Grange es mía, señor —interrumpió, haciendo una mueca—. No permitiría que nadie me incomodara, si pudiera evitarlo; ¡pase!
El «pase» fue pronunciado entre dientes y expresaba el sentimiento de «Váyase al diablo»: hasta la vergrada sobre la que se inclinaba no manifestó ningún movimiento de simpatía ante las palabras; y creo que esa circunstancia me determinó a aceptar la invitación: me sentía interesado