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nydus/Wuthering HeightsPublic
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III

En insípida desgana apoyé la cabeza contra la ventana, y seguí deletreando Catherine Earnshaw⁠—Heathcliff⁠—Linton, hasta que se me cerraron los ojos; pero no habrían descansado ni cinco minutos cuando un destello de letras blancas saltó de la oscuridad, tan vívido como los espectros; el aire bullía de Catherines; y, reanimándome para disipar el nombre impertinente, descubrí que la mecha de mi vela se había recostado sobre uno de los volúmenes antiguos y estaba perfumando el lugar con un olor a becerro asado.

La despabilé y, sintiéndome muy incómodo bajo los efectos del frío y una persistente náusea, me incorporé y abrí el tomo dañado sobre mis rodillas.

Era un Nuevo Testamento, de letra apretada y olor terrible a humedad; en la hoja de guarda llevaba la inscripción: «Catherine Earnshaw, su libro», y una fecha de hacía unos veinticinco años. Lo cerré y cogí otro y otro, hasta que los hube examinado todos. La biblioteca de Catherine era selecta, y su estado de deterioro demostraba que había sido muy utilizada, aunque no del todo con un fin legítimo: apenas un capítulo se había librado de un comentario a pluma y tinta —al menos con la apariencia de tal— que cubría cada rincón de espacio en blanco que el impresor había dejado. Algunas eran frases sueltas; otras partes tomaban la forma de un diario regular, garabateado con letra infantil e insegura.

En lo alto de una hoja suelta (toda una rareza, probablemente, cuando la descubrió por primera vez) me divirtió muchísimo contemplar una excelente caricatura de mi amigo Joseph, abastardamente trazada, pero con gran fuerza. Un interés inmediato brotó en mi interior hacia la desconocida Catherine, y comencé de inmediato a descifrar sus desvaídos jeroglíficos.

“Un domingo horrible —comenzaba el párrafo de más abajo—. Ojalá mi padre estuviera de vuelta. Hindley es un sustituto detestable; su conducta

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