Durante toda la noche, y hasta bien entrada la mañana, lo oímos gemir y murmurar para sus adentros. Hareton estaba ansioso por entrar; pero le ordené que fuera a buscar al señor Kenneth, y así podría entrar a verlo. Cuando este llegó, y pedí que nos dejaran pasar e intenté abrir la puerta, la encontré con llave; y Heathcliff nos mandó a paseo. Estaba mejor y quería que lo dejaran solo, así que el doctor se marchó.
La tarde siguiente fue muy lluviosa: en realidad, no dejó de diluviar hasta el amanecer; y, al dar mi paseo matutino alrededor de la casa, observé que la ventana del amo estaba abierta de par en par y la lluvia entraba de lleno.
«No puede estar en la cama», pensé: «esos aguaceros lo empaparían por completo. Debe de estar levantado o fuera. Pero no armaré más revuelo, iré con valentía a mirar».
Habiendo logrado entrar con otra llave, corrí a abrir los paneles, pues la estancia estaba desocupada; apartándolos rápidamente, eché una ojeada. El señor Heathcliff estaba allí, tendido de