Aquel viernes marcó el fin de nuestros días apacibles por un mes. Por la noche el tiempo cambió: el viento viró del sur al nordeste, trayendo primero lluvia, y luego aguanieve y nieve. Al día siguiente apenas se podía imaginar que hubiese habido tres semanas de verano: las primulas y los azafranes estaban sepultados bajo ventisqueros invernales; las alondras callaban, los brotes tiernos de los primeros árboles aparecían golpeados y ennegrecidos. ¡Y qué día tan lúgubre, y gélido, y sombrío aquel que se arrastró de mañana! Mi amo se quedó en su habitación; yo tomé posesión del solitario salón, convirtiéndolo en guardería: y allí estaba, sentada con el niño, que era un pelele quejumbroso, apoyado en mis rodillas; meciéndolo de un lado a otro y observando, entretanto, cómo los copos que seguían cayendo tapiaban la ventana sin cortinas, cuando se abrió la puerta y alguien entró, ¡sin aliento y riendo! Durante un minuto mi enfado fue mayor que mi asombro. Supuse que era una de las criada y grité: «¡Basta! ¿Cómo te atreves a mostrar tanta ligereza aquí? ¿Qué diría el señor Linton si te oyera?».
“¡Perdone!” respondió una voz conocida; “pero sé que Edgar está en la cama y no puedo contenerme”.
Con esto, la que hablaba se acercó al fuego, jadeando y llevándose la mano al costado.
—¡He corrido todo el camino desde Cumbres Borrascosas! —continuó, tras una pausa—; excepto en los trozos que he volado. No podría contar el número de caídas que he tenido. ¡Ay, me duele todo el cuerpo! ¡No te alarmes! Habrá una explicación en cuanto pueda darla; tan solo ten la bondad de salir a encargar el carruaje para que me lleve a Gimmerton y dile a un criado que busque un poco de ropa en mi armario.