Y así solo me quedó una opción: hacer lo que se me mandaba. Le dije al amo que se deshacía de toda la gente decente solo para marchar hacia la ruina un poco más deprisa; besé a Hareton, me despedí; y desde entonces ha sido un extraño: ¡y es muy raro pensarlo, pero no dudo de que se ha olvidado por completo de Ellen Dean, y de que alguna vez fue más que el mundo entero para ella y ella para él!
En este punto de la historia del ama de llaves, dio la casualidad de que miró hacia el reloj sobre la chimenea; y se quedó asombrada al ver que el minutero marcaba la una y media.
No quiso oír hablar de quedarse ni un segundo más; a decir verdad, yo mismo me sentía bastante dispuesto a posponer la continuación de su relato. Y ahora que ella se ha marchado a descansar, y que he meditado durante otra hora o dos, reuniré valor para irme también, a pesar de la dolorosa pereza de mi cabeza y de mis miembros.