Aunque ya entrado diciembre, todavía no había hecho un tiempo que impidiera a las jóvenes hacer ejercicio con razonable regularidad; y a la mañana siguiente, Emma tenía que hacer una visita de caridad a una familia pobre y enferma que vivía un poco a las afueras de Highbury.
Su camino hacia aquella casita independiente discurría por Vicarage Lane, un callejón que nacía en ángulo recto de la ancha, aunque irregular, calle principal del lugar; y que, como era de suponer, albergaba la bendita morada del señor Elton. Primero había que pasar unas cuantas viviendas de categoría inferior, y luego, a un cuarto de milla aproximadamente calle abajo, se alzaba la vicaría, una casa antigua y no muy buena, situada casi tan cerca del camino como era posible. No tenía ninguna ventaja por su ubicación, pero el actual propietario la había acicalado mucho; y, tal como era, cabía la posibilidad de que las dos amigas pasaran ante ella con paso ralentizado y ojos observadores. El comentario de Emma fue:
“Ahí lo tienes. Ahí irán a parar tú y tu libro de adivinanzas cualquier de estos días.”—El de Harriet era—
“¡Oh, qué casa tan dulce!—¡Qué hermosa es!—Ahí están las cortinas amarillas que a la señorita Nash le gustan tanto”.
“No suelo pasar mucho por aquí ahora —dijo Emma mientras avanzaban—, pero entonces tendré un motivo y poco a poco llegaré a conocer íntimamente todos los setos, cancelas, charcas y árboles trasmochados de esta parte de Highbury”.
Harriet, según descubrió, no había estado jamás en su vida en la Vicaría, y su curiosidad por verla era tan extrema que, considerando las