siempre ponía fin a tales reuniones y para la cual solía sentarse a aguardar la hora propicia, ya estaba puesta y lista, y arrimada al fuego, antes de que se diera cuenta. Con una presteza superior al impulso habitual de un ánimo que, no obstante, jamás era indiferente al mérito de hacer todo con esmero y atención, con la auténtica buena voluntad de una mente deleitada con sus propias ideas, cumplió entonces con todos los honores de la comida, sirviendo, recomendando y urgiendo el pollo picado y las ostras gratinadas con una insistencia que sabía que sería bien recibida por las horas tempranas y los escrúpulos corteses de sus invitados.
En tales ocasiones, los sentimientos del pobre señor Woodhouse se debatían en un triste conflicto. Le encantaba que se pusiera el mantel porque había sido la costumbre de su juventud, pero su convencimiento de que las cenas eran muy poco saludables le entristecía un poco al ver que se colocaba algo sobre él; y mientras su hospitalidad habría dado la bienvenida a sus visitantes con todo, su preocupación por la salud de ellos le hacía lamentar que fueran a comer.
Otro plato tan pequeño de gachas ralas como el suyo era lo único que, con plena autocomplacencia, podía recomendar; aunque bien podía obligarse, mientras las damas daban buena cuenta de las cosas más finas, a decir:
—Mrs. Bates, permítame proponerle que se aventure con uno de estos huevos. Un huevo pasado por agua no es nada indigesto. Serle entiende de cocer huevos mejor que nadie. No le recomendaría un huevo cocido por cualquier otro; pero no tenga miedo, son muy pequeños, ya ve: uno de nuestros huevos pequeños no le hará daño. Miss Bates, deje que Emma le sirva un poco de tarta, un trocito muy pequeño. Las nuestras son todas de manzana. Aquí no tiene que temer conservas indigestas. No le aconsejo las natillas.