ido a Hartfield de no haber venido usted”.
Los demás habían estado hablando de la criatura, y la señora Weston relató un pequeño susto que se había llevado la tarde anterior, al parecerle que el bebé no se encontraba del todo bien. Creía que había sido una tonta, pero aquello la había alarmado y estuvo a medio minuto de mandar a buscar a mister Perry. Tal vez debería avergonzarse, pero mister Weston había estado casi tan intranquilo como ella. Sin embargo, en diez minutos la criatura se había puesto perfectamente bien otra vez. Esta era su historia, y le resultó de particular interés a mister Woodhouse, quien la elogió mucho por haber pensado en llamar a Perry, y solo lamentaba que no lo hubiera hecho. «Debería llamar siempre a Perry, si el niño parecía estar lo más mínimo indispuesto, aunque fuera solo por un momento. Nunca se alarmaba demasiado pronto, ni mandaba a buscar a Perry con demasiada frecuencia. Quizá era una pena que él no hubiera venido anoche; pues, aunque el niño parecía bien ahora, muy bien teniendo en cuenta lo pasado, probablemente habría sido mejor que Perry lo hubiera visto».
Frank Churchill captó el nombre.
“¡Perry!”, dijo dirigiéndose a Emma, y procurando, mientras hablaba, captar la mirada de la señorita Fairfax. “¡Mi amigo el señor Perry! ¿Qué dicen del señor Perry? ¿Ha estado aquí esta mañana? ¿Y en qué viaja ahora? ¿Se ha comprado un carruaje?”.
Emma pronto recordó y le comprendió; y mientras se unía a las risas, por el semblante de Jane era evidente que ella también le estaba oyendo de verdad, aunque intentaba hacerse la sorda.
—¡Qué sueño tan extraordinario el mío! —exclamó—. Nunca puedo pensar en él sin reírme. Nos oye, nos oye, señorita Woodhouse. Lo veo en su mejilla, en su sonrisa, en su vano intento de fruncir el ceño. Mírela. ¿No ve que, en este mismo instante, el mismo pasaje de su propia carta