Llegó las asiduas migas y dio mucho de qué hablar —gran alabanza y muchos comentarios—, juicios indubitables sobre su salubridad para cualquier constitución, y filípicas bastante severas contra las muchas casas donde jamás se la encontraba medianamente aceptable; pero, desgraciadamente, entre los fracasos que la hija tuvo que citar, el más reciente, y por tanto más destacado, había sido el de su propia cocinera en South End, una joven contratada por la temporada, que nunca había sido capaz de entender lo que ella quería decir con un tazón de buenas y suaves migas, ligeras, pero no demasiado. Por mucho que las hubiera deseado y pedido, nunca había conseguido nada pasable. He aquí una peligrosa brecha.
—¡Ah! —dijo el señor Woodhouse, sacudiendo la cabeza y clavando en ella sus ojos con tierno desvelo—. La exclamación en el oído de Emma expresaba: «¡Ah! No tienen fin las tristes consecuencias de que hayas ido a South End. No se puede ni hablar de ello». Y por un momento ella esperó que no hablara del asunto, y que una silenciosa ruminación bastara para devolverle el gusto por su propia y suave gachita. Tras un intervalo de algunos minutos, sin embargo, comenzó diciendo:
“Siempre lamentaré mucho que hayas ido al mar este otoño, en vez de venir aquí”.
—Pero ¿por qué ha de disculparse, señor?, le aseguro que a los niños les vino de maravilla.
“Y, además, si has de ir obligatoriamente al mar, más te valdría que no hubiera sido a South End. South End es un lugar poco saludable. A Perry le sorprendió oír que habías elegido South End”.
“Sé que esa es la idea de mucha gente, pero la verdad es que es un completo error, señor.—Todos tuvimos una salud perfecta allí, nunca encontramos la menor incomodidad por el lodo; y el señor Wingfield