CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 174 de 599
Table of Contents

XVII

Harriet llevó la inteligencia muy bien⁠—sin culpar a nadie⁠—y demostrando en todo una tal ingenuidad de carácter y una tan humilde opinión de sí misma, que debían de redundar en particular beneficio suyo ante su amiga en aquel momento.

Emma estaba de humor para valorar al máximo la sencillez y la modestia; y todo lo amable, todo lo que debía resultar entrañable, parecía estar del lado de Harriet, no del suyo. Harriet no se consideraba con derecho a quejarse de nada. El cariño de un hombre como el señor Elton habría sido una distinción demasiado grande; jamás lo habría merecido, y nadie más que una amiga tan parcial y bondadosa como la señorita Woodhouse habría podido considerarlo posible.

Sus lágrimas caían en abundancia, pero su dolor era tan genuino y sin artificios, que ninguna dignidad habría podido hacerlo más respetable a los ojos de Emma; y la escuchó y trató de consolarla con todo su corazón y su entendimiento, convencida de verdad por un momento de que Harriet era la criatura superior de las dos, y que parecerse a ella redundaría mucho más en su propio bienestar y felicidad que todo lo que el talento o la inteligencia pudieran lograr.

Ya era bastante tarde para empezar a hacerse la simple y la ignorante; pero la despidió con todas sus anteriores resoluciones de ser humilde y discreta, y de reprimir la imaginación por el resto de su vida, firmemente confirmadas.

Su segundo deber ahora, solo inferior a las exigencias de su padre, era promover el bienestar de Harriet e intentar demostrar su propio afecto de algún método mejor que el de hacer de celestina. La hizo ir a Hartfield y le mostró la más inalterable bondad, esforzándose por ocuparla y entretenerla, y por apartar al señor Elton de sus pensamientos mediante libros y conversación.

Sabía bien que debían concederse tiempo para que esto se hiciera a fondo; y podía suponerse a sí misma una jueza bastante indiferente en

174