Emma no se arrepintió de su condescendencia al ir a casa de los Cole. La visita le dejó muchos recuerdos gratos al día siguiente; y todo lo que se pudiera suponer que había perdido en cuanto a digno aislamiento, quedaba con creces compensado por el esplendor de la popularidad. ¡Debía de haber encantado a los Cole—gente digna que merecía ser feliz!— y dejado tras de sí un nombre que no se borraría pronto.
La felicidad perfecta, ni siquiera en el recuerdo, es común; y había dos cuestiones que no la dejaban del todo tranquila.
Dudaba de si no había transgredido el deber de mujer para con otra mujer al confesarle a Frank Churchill sus sospechas sobre los sentimientos de Jane Fairfax. Apenas estaba bien; pero había sido una idea tan firme que se le había escapado, y la sumisión de él a todo lo que le decía constituía un cumplido a su perspicacia que le dificultaba estar del todo segura de que hubiera debido callarse.
La otra circunstancia de pesar se relacionaba también con Jane Fairfax; y respecto a eso no tenía dudas. Lamentaba sincera e inequívocamente la inferioridad de su propio modo de tocar y cantar. Lamentaba de todo corazón la pereza de su infancia—y se sentó a practicar con energía durante hora y media.
Fue entonces interrumpida por la entrada de Harriet; y si los elogios de Harriet la hubiesen podido satisfacer, pronto se habría sentido consolada.
“¡Oh! ¡Si pudiera tocar tan bien como usted y la señorita Fairfax!”
“No nos metas en el mismo saco, Harriet. Mi forma de tocar no se parece más a la suya que una lámpara a la luz del sol”.