Reconocía que, bien mirado, no le faltaban del todo ganas de ir a la reunión. Los Cole se habían portado tan bien —había tanta atención sincera en su forma de proceder—, tanta consideración hacia su padre. «Habrían solicitado el honor antes, pero habían estado esperando la llegada de un biombo plegable desde Londres, que esperaban que protegiera al señor Woodhouse de cualquier corriente de aire y animara así con más facilidad a este a brindarles el honor de su compañía». En resumen, se dejó convencer con facilidad; y una vez decidido brevemente entre ellas cómo podía hacerse sin descuidar la comodidad de él —cómo se podía contar sin duda con la señora Goddard, si no con la señora Bates, para hacerle compañía—, solo faltaba convencer al señor Woodhouse para que aceptara que su hija saliera a cenar un día muy próximo y pasara toda la noche fuera de casa. En cuanto a su asistencia, Emma no deseaba que él siquiera lo considerara posible, pues las horas serían demasiado tardías y la reunión, demasiado numerosa. Él pronto se resignó bastante bien.
—No soy partidario de las visitas para cenar —dijo—; nunca lo he sido. Tampoco Emma. Las horas tardías no nos sientan bien. Siento que el señor y la señora Cole lo hayan hecho. Creo que sería mucho mejor que vinieran una tarde del próximo verano a tomar el té con nosotros, incluyéndonos en su paseo de la tarde, lo cual podrían hacer, ya que nuestros horarios son tan razonables, y regresar a casa sin que les sorprenda la humedad del anochecer. Los serenos de una tarde de verano son algo a lo que yo no expondría a nadie. Sin embargo, como están tan deseosos de que la querida Emma cene con ellos, y como los dos estaréis allí, y también el señor Knightley para cuidarla, no puedo desear impedirlo, siempre y cuando el tiempo sea el que debe ser, ni húmedo, ni frío, ni ventoso. —Luego, volviéndose hacia la señora Weston con una mirada de suave reproche—: ¡Ah!, señorita Taylor, si no se hubiera casado, se habría quedado en casa conmigo.